Los interrogantes de José Antonio Marina

Los interrogantes de José Antonio Marina interrogantes José Antonio Marina, que últimamente ha pasado del campo del ensayo al de la construcción social, pretende ahora determinar los límites y cuestiones pertinentes para un debate sobre Educación para la Ciudadanía, como si no lleváramos dos años en la refriega. Con ese tono que utiliza últimamente y deja poco lugar a dudas, establece que “todo ciudadano tiene que saber responder” a las preguntas que considera fundamentales para debatir sobre la EpC.

No es mi atrevimiento tan insensato como para cuestionar al profesor y Pope de la EpC el por qué de las obligaciones y limitaciones que impone en su escrito. Tan sólo voy a procurar, en un ejercicio de ciudadanía, responder, según mi modesto saber y entender, a las cuestiones planteadas. A ver si tan ilustre maestro acaba por aprobarme la EpC. Si no por estar de acuerdo con él, al menos por hacer un ejercicio de ese espíritu crítico que tanto dicen valorar los promotores de la asignatura.

“Todo ciudadano tiene que saber responder a estas preguntas: ¿Necesitamos una moral común? ¿En qué podríamos fundamentarla? ¿Cuál podría ser su contenido? ¿Por qué deberíamos respetarla?”
—EL ABAJO FIRMANTE

Son las preguntas fundamentales para un debate sobre educación de la ciudadanía. Comenzaré por la primera. Todas las sociedades necesitan normas para regular la convivencia. Estas normas están dirigidas a realizar ciertos «valores» tan importantes que hace falta protegerlos con «derechos» y exigirlos como «deberes». Los valores morales —por ejemplo la justicia— no son sólo deseables, sino que nos imponen el deber de conseguirlos. Para facilitar su realización, las culturas fomentan la adquisición de las virtudes correspondientes. Valores, normas, derechos, deberes y virtudes son las palabras esenciales para hablar de moral. Hay tantas morales como culturas o religiones. El nazismo propuso una moral muy exigente, que impulsó a la juventud alemana a sacrificarse por el Führer y por Alemania. Esta pluralidad de morales plantea ineludibles problemas. ¿Por qué es mejor la moral democrática que la nazi? ¿Por qué es mejor afirmar la igualdad que defender las castas? ¿Por qué defender la libertad de conciencia es mejor que la censura? No se trata de discutir si hay ya una moral universal. Se trata de reconocer que la necesitamos para realizar los valores fundamentales de la paz, la convivencia justa, la seguridad, la posibilidad de desarrollar nuestros proyectos de felicidad. Continuará.

JOSÉ ANTONIO MARINA / Filósofo
EL MUNDO / AÑO XXI, NÚMERO 695 CRÓNICA DOMINGO 8 DE FEBRERO DE 2009. P. 12

La primera de las cuestiones planteadas, que centra su comentario, es la que establece la necesidad de establecer una Educación para la Ciudadanía como único medio para instaurar lo que denomina una “moral común”: “¿Necesitamos una moral común?“.

En su discurso, a mi entender, Marina comienza por realizar un salto conceptual. Primeramente establece que “Todas las sociedades necesitan normas para regular la convivencia” para establecer, a renglón seguido, que son las diversas culturas las que establecen los distintos ordenamientos morales. Y es que, en efecto, la moral es una construcción cultural. Pero no puede equipararse una moral con unas “normas para regular la convivencia“, que no son otra cosa que el ordenamiento jurídico que corresponde realizar al Estado como garante del ejercicio libre de los derechos de los individuos.

Y aquí está el quid de la cuestión: los promotores de la EpC pretenden establecer una moral desde arriba, desde el Estado, equiparándola a la legislación vigente en cada momento, cuando la misión del Estado es legislar para limitar las acciones que puedan interferir en los derechos y libertades de los ciudadanos. En cambio, la moral no es una legislación extrínseca al individuo y establecida por consensos: es un camino para la realización personal conducente a la felicidad. Y, en este sentido, depende de la antropología que la sustente. Cada una de las visiones del hombre y el mundo darán lugar a una distinta moral o camino para alcanzar la propia realización. En otras palabras, la diversidad moral es consustancial a la diversidad de antropologías vigentes en una sociedad. Y no puede establecerse, por tanto, una moral única o universal si no compartimos una antropología común. Que no parece ser el caso.

Pero ¿es, realmente, esta diversidad moral un obstáculo para la construción de una sociedad más justa? A mi juicio, ni es garante ni es obstáculo. El Estado, repito, debe arbitrar unas leyes que limiten la invasión por parte de unos individuos de los derechos de otros. En otras palabras, cada Estado limita el ejercicio moral de sus individuos. Pero no puede ni debe limitar las diversas morales ni, menos aún, imponer una moral única -nunca mejor dicho. por Decreto-Ley.

La moral -las diversas morales- tienden a “realizar los valores fundamentales de la paz, la convivencia justa, la seguridad, la posibilidad de desarrollar nuestros proyectos de felicidad“. Es este, precisamente su objeto. El reto del Estado actual, en el que convive una diversidad de morales, es establecer unos límites que salvaguarden los derechos de sus individuos, pero no imponerles un modo de pensar ni un modo de vivir. Porque la elección moral es una cuestión personal que se fragua en el marco de la familia y su entorno cultural. La eleción del camino para ser feliz es responsabilidad exclusiva del individuo y nadie puede imponerla. Es un ámbito previo al Estado porque el individuo es previo y fundamento del Estado.

Para concluir, a la pregunta de Marina “¿Necesitamos una moral común?” yo respondería: No. Ni necesitamos ni es posible establecer en un ámbito de libertad una moral común. Lo que necesitamos es un Estado garante de las libertades -y, en este sentido, podría limitar algunas prácticas consideradas morales en algunas culturas poco evolucionadas, como pueda ser la mutilación, que son en general, la excepción y no la norma a estas alturas de la historia. Lo que necesitamos es que el Estado facilite el ejercicio de las morales que promueven esos valores de los que se nutre la convivencia ciudadana y no promueva, por su cuenta, el ejercicio de los contra-valores de los que luego se escandaliza: la competitividad, la búsqueda del placer inmediato y a cualquier precio, el egoísmo individualista, la violencia como medio para conseguir lo que uno se propone, la ausencia de responsabilidad, el desprecio de quien piensa distinto, etc. Un Estado vigilante pero respetuoso que no invada los ámbitos de autonomía de la sociedad civil.

© 2009, Diario de un padre objetor. Todos los derechos reservados. Este texto puede ser citado siempre que se indique su procedencia y se enlace con su origen.

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9 comentarios

  1. Por si sirve para centrar mejor las ideas de Marina sobre el papel de los padres en la educación, podéis leer el comentario que dejó en mi blog.
    http://anibalcuevas.blogs.com/.....de-jo.html
    saludos y adelante con la objeción

  2. “Pero no puede equipararse una moral con unas “normas para regular la convivencia“, que no son otra cosa que el ordenamiento jurídico que corresponde realizar al Estado como garante del ejercicio libre de los derechos de los individuos.”

    No, te equivocas. El ordenamiento jurídico es sólo una parte de las normas de convivencia. En particular, el derecho es la parte de la moral que se aplica coactivamente, por implicar aquellos de los valores más graves que afectan a la dignidad de la convivencia. Pero la moral es muchísimo más amplia que el derecho. Todo comportamiento humano es moral, porque todo ser humano lo es en tanto que convive con otros seres humanos (y por ello tiene que regular su comportamiento moralmente). No hay seres humanos fuera de la sociedad humana. Los ermitaños llevan su humanidad en la lengua que aprendieron y en las costumbres que siguen. Los niños que se crían en la selva muy difícilmente llegan a poder dirigir su comportamiento de manera inteligente, por lo que es un exceso llamarles personas. Ejemplos de normas morales más suaves son los códigos de educación, las normas de vergüenza, etc.

    Eso es la moral en tanto que adverbio, que es como se usa en la expresión tan discutida de “conciencia moral”, y cuyo contrapuesto es la conducta amoral. Desde el punto de vista epistemológico, la moral se divide en moral y ética. La moral es cualquier conjunto de normas de convivencia. Cada cultura, religión o incluso persona tiene su moral. Sin embargo la ética es una moral universalizable. El saber se universaliza mediante procedimientos racionales, así que la ética es una moral racional. Ética sólo puede haber una, porque una es la razón, mientras que morales las hay múltiples e incompatibles entre sí. Hay éticas más generales y otras más particulares. Los DDHH son un esbozo de una ética laica universal. Resumen la soluciones morales más inteligentes encontradas a lo largo de la historia de la humanidad para resolver los problemas más graves que plante la convivencia. Después está la ética cívica, que es en la que se centra EpC. Ella tiene en cuenta la compatibilidad entre el marco de los DDHH y la peculiar normativa constitucional española. El ciudadano español debe comportarse en primer lugar de acuerdo a la ética universal, y en segundo lugar de acuerdo con la ética cívica.

  3. “los promotores de la EpC pretenden establecer una moral desde arriba, desde el Estado, equiparándola a la legislación vigente en cada momento”

    No es cierto. Eso es positivismo jurídico. Que algo sea legal no implica que sea bueno, y ningún defensor de EpC lo pretende, que yo sepa. Lo que sí se está diciendo es que la democracia, la separación de poderes, el régimen constitucional, la libertad política, religiosa, de conciencia, etc., son mejores que la dictadura. Eso es éticamente cierto, como se demuestra en el banco de pruebas de la Historia. Esa virtualidad de nuestro sistema de gobierno y nuestra forma de legitimar leyes hay que enseñársela a los niños, porque nadie nace demócrata, y la democracia -como ninguna cosa valiosa- no se sostiene en pie por arte de magia. Ese mismo sistema tiene espacio, mecanismos y procedimientos para cambiar y objetar a leyes que pueda argumentarse como injustas. Precisamente en educar la capacidad de criticar y argumentar moralmente incide EpC, que no dicta recetarios morales ni dogmas al estilo confesional, sino que pretende disponer a los alumnos para que busquen sus propias soluciones a dilemas y problemas cercanos y sepan establecer mecanismos de contraste, comprobación o refutación de las soluciones que encuentren. En una palabra: formarse una conciencia que los capacite para actuar moralmente, y no siguiendo intereses o instintos egoístas.

  4. “En cambio, la moral no es una legislación extrínseca al individuo y establecida por consensos: es un camino para la realización personal conducente a la felicidad.”

    Claro. Eso es la moral privada, que es independiente de la ética o moral pública. Por ejemplo, la moral católica pretende la salvación del alma inmortal del creyente. Esa es su finalidad, y no hay nada que discutir sobre eso. EpC no toca ese asunto, no va de eso (por eso no menciona a ningún dios o principio religioso subjetivo) porque es una asignatura de moral pública, racional: de ética cívica. ¿Qué hacemos para construir una convivencia justa y feliz en nuestro marco constitucional y de derecho una serie de individuos cada uno con su moral privada particular? En buscar respuestas a esa pregunta pretende formar EpC.

  5. “la diversidad moral es consustancial a la diversidad de antropologías vigentes en una sociedad. Y no puede establecerse, por tanto, una moral única o universal si no compartimos una antropología común”

    Esto de las antropologías es una pamplina de seminaristas. No hay una antropología católica, otra atea y otra mediopensionista. La antropología es una ciencia empírica, y como tal, categóricamente, sólo hay una. Da igual si se cree que la dignidad humana es un don divino, una propiedad real de los homo sapiens (como el hígado o el páncreas) o un valor creado que hemos dispuesto reconocernos, porque al final en el debate público sólo pueden esgrimirse argumentos justificables. ¿Por qué está usted en contra del aborto? ¿Porque considera que hay un alma desde el momento de la concepción? Pero no puede demostrarlo, así que tiene que poner su “antropología” entre paréntesis, bajar al fango profano y justificar universalizablemente por qué sería mejor prohibir el aborto que permitirlo.

  6. Urbek, ¡cuanta falacia en tu exposición!, no merece la pena desmontarla, se cae por sí sola. Por lo menos le has echado tiempo. Eso es que lo tienes. Yo no voy a perder el mío contigo. Pero que al menos quede escrito que muchos profesores de Filosofía y Ética desmontaríamos tu pensamiento. Vamos que no posees la verdad.

    Si das clases dinos dónde para no caer nunca por allí.

  7. padre objetor

    Urbek,
    tu brillante exposición es una clara muestra de positivismo jurídico, relativismo, materialismo y todos los -ismos de los que pretendes despojar a la EpC. Te vendría bien echar una ojeada a cualquier libro de EpC para saber de que estamos hablando y no hacer castillos en el aire.
    Un saludo y gracias por tu tiempo e interés. Que lo cortés no quita lo valiente.
    Mariano

  8. padre objetor, el positivismo jurídico plantea que toda ley es justa por el hecho de estar promulgada. ¿Cuándo he defendido yo semejante barbaridad? La democracia, la separación de poderes, los DDHH, etc., no son buenas normas y principios porque se reconozcan y garanticen, sino que se deben reconocerse, garantizarse, expandirse y enseñarse porque se puede justificar racionalmente su bondad por encima de otros sistemas políticos y valores. En los decretos no hay ni un ápice de relativismo. Todo lo contrario, y ya se ha explicado infinidad de veces que ni la Constitución ni los DDHH son relativistas. Lo que llamas materialismo ¿qué es? La ética laica no puede justificarse en la creencia de espíritus, dioses y otras verdades subjetivas, porque todos los alumnos, crean en lo que crean, tienen que estar en disposición de comportarse cívicamente y de argumentar en asuntos morales. El espiritiualismo se reserva para la asignatura de religión católica.

  9. Javier Gallego

    Descalificar una postura por -ista (materialista, relativista…) no es un argumento. Cualquiera puede etiquetar la postura de la desobediencia a la EpC como “padrista” por la tendencia a otorgar a los padres la totalidad de la educación “moral” de sus hijos. Pero eso no desmontaría, ni significaría una crítica a la postura. Para poder legislar que una conducta es punible o no debe subyacer una creencia comun sobre la bondad o maldad de esa conducta, es decir, que para que una ley sea promulgable debe existir cierta certeza de que hay un criterio común para considerarla moralmente buena o mala. Esto no quiere decir, por supuesto, que toda ley sea justa, sino que hay una pretensión de moral común (moral de mores, costumbre), una valoración ética común. Por ejemplo, la pretensión de que la libertad del individuo es indiscutible.
    Este es el argumento de los desobedientes, pero en su argumentación apelan a una moral común: la libertad del individuo. Eso no se discute porque es “evidente” para todos, común, éticamente, moralmente común.
    No sólo en el ámbito jurídico, en cualquier momento en el que se discutan -o no, que eso también es una decisión moral- las normas, los comportamientos, los razonamientos, todos apelan a una base común, que si me permiten, es esa moral común a la que apela Marina.
    Lo contrario de una moral común sería ese relativismo que usted -y por cierto, J.A. Marina- detestan. A no ser que piensen que su idea de moralidad es la correcta y las demás falsas. En ese caso, ¿cómo podrían demostrármelo? ¿Apelando a qué?

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