Hablemos de educación sexual (1)
Para empezar, habría que dejar claro que nadie se opone a la educación sexual como tal. Y es que el debate se trivializa cuando se limita a la necesidad o no de educar en un conjunto de valores a los niños y jóvenes. En eso estamos todos de acuerdo. Lo que nos diferencia no es la necesidad, sino la manera de llevarla a cabo.
La educación sexual de los hijos no es una nueva necesidad. Llevamos millones de años sobre la faz de la tierra y, mal que bien, nos hemos ido defendiendo en el ámbito de la sexualidad. La prueba es que estamos aquí para contarlo. Una gran mayoría de las parejas han sido fieles y han engendrado hijos. Otras han sufrido pero ¿puede establecerse que la causa de sus desavenencias como pareja sea una deficiente formación sexual o, más bien, alguno de los defectos o vicios que se instalan, a la mínima oportunidad, en nuestra naturaleza?
Como en toda necesidad educativa, hay que establecer una serie de elementos para llevar a buen fin sus objetivos. Y es aquí donde los promotores de esta nueva educación sexual yerran soliviantando a muchos padres y a cualquier analista serio de las propuestas gubernamentales.
Revisemos los cinco elementos que definen cualquier acción formativa (su objetivo, el sujeto del aprendizaje, el formador, el momento adecuado para impartir la formación y, finalmente, sus contenidos) para advertir el erróneo enfoque que se pretende instaurar desde el gobierno.
1. El objetivo de la educación sexual
Tratándose la sexualidad de un elemento constitutivo de la naturaleza humana, muchos padres entendemos la educación sexual como un aspecto indisoluble de la formación de la personalidad. Y como tal, procuramos facilitar las pautas necesarias para que el hijo desarrolle todos los aspectos de su personalidad de modo armónico y según la necesidad de sus etapas madurativas. ¿Cuál es, pues, el objetivo de la educación sexual? En definitiva, contribuir a un desarrollo integral de su personalidad que le capacite para ser feliz.
Esta visión de la sexualidad como una aspecto intrínseco de toda persona y, por tanto, ordenado a su desarrollo pleno, contrasta, evidentemente, con el planteamiento gubernamental que propugna una educación de la sexualidad como una guía para el estricto uso de la genitalidad sin integración ni subordinación alguna con los demás aspectos que constituyen la estructura de la personalidad.
Paradigmática de esta concepción en la cotidiana expresión “sexo sin amor”. Disociar el sexo del amor viene a ser como separar la alimentación del crecimiento. Las personas ponemos todo nuestro ser en cada uno de nuestros actos. Quien actúa es el sujeto entero, no “su sexualidad” ni “su laboriosidad”. Por tanto, el ejercicio de la sexualidad está imbricado en las demás cualidades personales: en la generosidad o el egoísmo, en la prudencia o la ligereza, en la responsabilidad o la frivolidad, etc.
La educación sexual no debiera ser, por tanto, más que un aspecto parcial de una formación integral en los valores que hacen de los hijos personas completas y, por tanto, encaminadas a la felicidad. En consecuencia, debe estar incluida en la formación básica de la personalidad porque la sexualidad no es más que una de las manifestaciones de la persona humana y, en cuanto tal, estará revestida o, mejor aún, suscitada, por el resto de valores que integren esa concreta personalidad. Así, una persona generosa realizará un uso generoso de su sexualidad, mientras que la persona ambiciosa utilizará su sexualidad movida por su ambición, como peldaño para alcanzar sus metas.
En definitiva, la educación sexual no debería ser más que uno de los aspectos que constituyen la formación integral de la persona, indisoluble y sujeta a los valores que deben definir una personalidad bien constituida.
(Continuará)
© 2010, Diario de un padre objetor. Todos los derechos reservados. Este texto puede ser citado siempre que se indique su procedencia y se enlace con su origen.
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