Hay que ser valientes

Joan Fontrodona

Hay que ser valientes  ANDABA pensando sobre qué tema escribir cuando ha llegado a mi mailbox una carta del primer objetor de conciencia frente a la Educación para la Ciudadanía. A estas alturas ya se han desmenuzado suficientemente todos los argumentos en contra del contenido de esta asignatura. Pero en lo que parece haber menos acuerdo es en la forma de enfrentarse a esa ley que se considera injusta.

Hay un principio básico de la ética que dice que «hay muchas formas de hacer el bien». En muchas ocasiones no hay sólo una opción válida, sino muchas alternativas posibles, y todas respetables. Ahora bien, entre las alternativas posibles, también hay algunas mejores que otras. A mí, la actitud de este padre y de otros muchos miles que han decidido enfrentarse abiertamente a esta imposición me parece mejor que algunas otras alternativas que han adoptado una actitud más conformista.

Hace unos días comentábamos con un grupo de colegas lo difícil que es hablar en serio de la «responsabilidad social de las empresas» en un entorno en el que está tan arraigado el principio individualista que lleva a preocuparse cada uno por su propio interés. En el fondo se trata de que dejemos de pensar en primera persona y empecemos a tener en cuenta los intereses, derechos y aspiraciones de los demás.

Este principio puede aplicarse no sólo al mundo de la empresa, sino a la sociedad en general. Se trata de pensar en qué es bueno para la sociedad aunque a mi me exija un esfuerzo adicional o renunciar a algo que me es lícito. Esto es, pensar en términos del bien común y no sólo del interés propio.

Adoptar una postura pasiva y conformista frente a la EpC con el argumento de que «ya llenaremos las horas con el contenido que nos gusta» es en el fondo utilizar el principio individualista del «cada cual cuide de sigo, yo de mi migo, tú de tigo, y procúrese salvar». No está tan lejos de argumentos que se han utilizado en otras ocasiones: «si no quieres abortar no abortes», «no te obligamos a divorciarte», «si se quieren, por qué no van a poderse casar». En todas estas actitudes late el mismo individualismo. Sólo que, como ahora nos va a favor, nos lo tragamos. Pues no.

Cuando uno piensa en cómo actuar ante una ley injusta no es suficiente con pensar en «cómo podré yo saltarme esa ley», sino en «cómo nos va a afectar a todos», y especialmente a aquellos que no tendrán la misma capacidad de maniobra (de momento) para adaptar el contenido de la asignatura. Hay que pensar en términos de bien común. Por eso, entre las alternativas posibles, me parece más valiente la de aquellos que han optado por la objeción de conciencia. Si no lo hacemos por algo tan importante como la educación, ¿por qué otra cosa lo haremos?

Profesor de Ética Empresarial.
IESE Business School
ABC, TRIBUNA ABIERTA, 17/07/2007

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